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viernes, 24 de mayo de 2013

Sobre el método cartesiano

Durante estas líneas, trataré de agrupar aquí las ideas más importantes del Discurso del método de Descartes, aunque cabe advertir que ciertas interpretaciones serán de opinión propia, y nunca debieran tomarse por verdad absoluta.
La primera de las ideas que, según mi entendimiento, es importante, versa sobre la razón, definida como la capacidad de distinguir entre lo verdadero y lo falso. De ella dirá Descartes que la poseen todos los hombres, y si sus opiniones distan entre sí, será porque tomen caminos diferentes, y den importancia a asuntos distintos. Esta razón o discernimiento se encuentra en los accidentes, y no en las formas o naturalezas de los individuos de una misma especie. Cabría decir que encuentro una notable semejanza entre este pensamiento cartesiano y la sentencia «yo soy yo y mis circunstancias», del español Ortega y Gasset. Si se nos dice a modo cartesiano, que la razón se encuentra en los accidentes y no en las formas, entiendo, primeramente, que se comprende una separación entre lo que concierne al cuerpo y a la mente. Lo que Descartes llama accidentes serán aquellas acciones que realice el hombre por medio de su razón, y si se nos advierte de la posibilidad de toma de diferentes caminos, teniendo en cuenta distintos asuntos, no veo diferencia alguna entre los términos accidente y circunstancia. Visto así, ambos filósofos entienden al ser humano como poseedor de la razón, pero capaz de diferenciarse con ella mediante las opiniones.
Realizadas estas consideraciones, el Discurso del método en cuanto que tal, no comenzará a desarrollarse sin antes realizar una aclaración su autor. Advertirá que su propósito no es el de ofrecer un método común para todos los humanos, pues esto sería suponer que sus capacidades son superiores a las del resto de los mortales, sino el de exponer un simple ejemplo, su método, para que cada cual sea capaz de razonar acerca del método idóneo para sí mismo. Y cierto tinte socrático no se hará esperar en la introducción a su exposición, pues nos explica sin lugar a dudas, cómo a pesar de haber realizado sus estudios en un lugar prestigioso, ha terminado con más dudas de las que tenía al comenzarlos. El reconocimiento de su propia ignorancia al estilo de Sócrates es la causa principal de la búsqueda de un método, que tratará de conseguir la mejor forma posible de conocimiento fiable, y tratando, a través de él, de arrojar luz acerca de nuestra propia existencia.
Sobre los saberes, cito textualmente, Descartes dice que «la teología enseña a ganar el cielo, la filosofía proporciona el medio de hablar de todas las cosas con verosimilitud y de hacerse admirar por los menos sabios; que la jurisprudencia, la medicina y las otras ciencias aportan honores y riquezas a quienes las cultivan; y, en fin, que es bueno haberlas examinado todas, aun las más supersticiosas y falsas, a fin de conocer su justo valor y no dejarse engañar por ellas.»[1] Por todos es sabido que las formas de entender a los autores varían dependiendo de sus lectores e intérpretes, así que permitirán que ofrezca mi propia visión acerca de estos temas. Cuando Descartes habla sobre el honor y las riquezas que aportan algunas ciencias, encuentro matices ampliamente críticos con los cambios en cuanto a lo que a fundamentación se refiere. Recordemos que antaño era la filosofía la encargada de la fundamentación del resto de saberes, la que trataba de encontrar razones suficientes del porqué se hace o investiga algo. Sin embargo, en su momento, la situación se había invertido, y ahora la ciencia era capaz, no sólo de fundamentarse a sí misma, sino que aspiraba a fundamentar al resto de saberes. Puede que me equivoque, pero quizás Descartes, al igual que admitía su ignorancia a pesar de haberse formado en un prestigioso centro, esté advirtiéndonos de una brutal desestimación de la filosofía en el futuro, como de hecho llevamos sufriendo desde hace años.
Arriesgaré más en mis interpretaciones, pues demasiada coincidencia resulta encontrar que se nos hable de teología, y al final de lo citado se sentencie que «es bueno haberlas examinado todas, aun las más supersticiosas y falsas, a fin de conocer su justo valor y no dejarse engañar por ellas.»[2] Escuché una vez ciertas interpretaciones acerca de Descartes cuanto menos curiosas. Aseguran algunos que, en realidad, este pensador es un ateo encubierto que prefirió incluir a Dios como culmen de su Discurso del método, sabidas las consecuencias que podría acarrear lo contrario. Por este motivo, intentaré prestar atención a los posibles indicios de crítica hacia la teología que pueda encontrar, y siendo éste, posiblemente, uno de ellos.
Prosiguiendo con su discurso, Descartes considera que viajar es importante para que un hombre sea capaz de abrir su mente. Cree que de esta forma podríamos entender que nuestras costumbres son infundadas o nuestras creencias falsas. Como conclusión a esto, expone que aquellos que no han visto nada más allá de sus fronteras, posiblemente no gocen de buen criterio.
Intentando establecer su método, Descartes buscará en algunas ciencias los aspectos necesarios para éste. Acerca de las matemáticas, se asegura que sus resultados son certeros, pero sin embargo no ofrecen información más allá de las artes mecánicas. Podemos decir de ellas que se limitan a calcular la simplificación del mundo, pero no pueden acceder a lo abstracto del pensamiento ni darnos conocimientos nuevos.
De la teología, simplemente prefiere no tratar, pues asegura que sus razonamientos como hombre son demasiado simples, una actitud bastante curiosa teniendo en cuenta que los censores leerían sus palabras antes de ser publicadas. Algo dirá sin embargo de la filosofía, de la que presume haber sido cultivada por los más excelentes espíritus desde hace siglos. Aún así, aprovecha para lanzar lo que podría ser una crítica contra ésta, ya que –según Descartes– todavía nada se ha sacado en claro de ella, sino que continuamente se discuten acerca de sus temas, y se crean nuevas dudas a la par que resuelven algunos problemas. A estas declaraciones quisiera añadirles que, precisamente, ese debiera ser el espíritu filosófico, la continua duda, y por tanto, es absurdo atacarla por hacer lo que le corresponde, algo tan necesario en la lucha contra los dogmas.
Del resto de las ciencias expone que toman sus principios de la filosofía, y que si en ella son poco sólidos o permanentemente dubitables, así lo serán también en las demás ciencias, por lo que quizás el honor y riquezas recibidos por aquéllos que las desempeñan, puede que sean injustificados.
Y una vez desarrollado todo lo anterior, Descartes concluye la primera parte de este discurso realizando diferentes consideraciones acerca de su experiencia. Dirá primero que viajar es una parte esencial para el recogimiento de las diferentes experiencias, que pueden mejorar nuestra capacidad de razonamiento.
En lo siguiente, considero necesario citar textualmente: «podría encontrar mucha más verdad en los razonamientos que cada uno hace acerca de los asuntos que le importan, y cuyo suceso puede castigarle después si ha juzgado mal, que en los que lleva a cabo un hombre de letras en su gabinete sobre especulaciones, que no producen ningún efecto ni tienen para él otra consecuencia que la de excitar, tal vez, su vanidad en tanto mayor medida cuanto más se alejen del sentido común, ya que habrá tenido que emplear tanto más ingenio y artificio en tratar de hacerlas verosímiles.»[3] De esto, debe extraerse una crítica voraz hacia aquéllos filósofos de salón que creen que, por utilizar enrevesadas palabras y formulaciones abstractas, son mejores que los que lo hacen de manera sucinta y sencilla. Debiéramos comprender que, lo realmente complejo en filosofía es que, incluso las personas que no saben de ella, puedan entender nuestras palabras, eso sí, siempre que nuestras intenciones sean las de servir para un fin diferente al de alimentar nuestro propio ego.
Para concluir la primera parte del discurso, Descartes añade lo que podría recordarnos a la formulación de la falacia naturalista[4]: «aprendí a no creer demasiado firmemente en nada de lo que hubiese sido persuadido sólo por el ejemplo y la costumbre; y así me liberé poco a poco de muchos errores que pueden ofuscar nuestra luz natural y hacernos menos capaces de escuchar la voz de la razón.»[5]
Ya en la segunda parte del discurso, se nos ofrecen razones para la duda. Descartes considera que un hombre solo es capaz de pensar más nítidamente por sí mismo que acompañado, y que las obras de varios autores suelen ser más imperfectas que las de autores únicos. La intención de estas palabras es la de promover el pensamiento crítico y personal, no dejándonos llevar por el resto de los mortales, como ejemplificará después diciendo que, tan pronto como un hombre viaja al extranjero, es capaz de entender que gran parte de los estereotipos aprendidos son falsos.
Y si los pensamientos, al parecer, tienen mucho que ver con el contexto social de cada persona, Descartes va más allá inmiscuyendo también a los gustos en este asunto. Su ejemplo no podría ser más claro, y a pesar de haberse escrito hace tantos años, es más válido que nunca: «que, hasta en las modas de nuestros vestidos, lo mismo que nos gustó hace diez años, y que nos gustará quizá de nuevo antes de otros diez, nos parece hoy extravagante y ridículo; que según esto, lo que nos convence es mucho más la costumbre y el ejemplo que ningún conocimiento cierto.»[6] Es curioso que de manera tan temprana en la historia, un hombre comprenda que nuestra sociedad se mueve por modas y costumbres, y que éstas rigen el pensamiento de las generaciones. Por estos motivos, Descartes se inclinará por la duda como primer paso para su método, pues como hemos visto, pensando crítica y personalmente, la concepción que pueda tenerse de las cosas varía notablemente.
En la búsqueda de lo idóneo para este método, tratará primero la lógica, de la que asegura que sólo sirve para explicar otros conocimientos que ya se tienen, pero no para descubrir otros nuevos. De la geometría dirá que sólo tiene en consideración a las figuras, que es demasiado abstracta, y por ello no puede conocer mucho más sin hacer uso de grandes dosis de imaginación. Acerca del álgebra –nos dirá Descartes– ésta ha sido convertida en arte demasiado confuso por su excesiva obediencia a reglas y cifras. Y como ninguna de las vías anteriormente citadas eran del agrado del autor, optaría por las cuatro que explicaré a continuación.
En primer lugar, no debemos aceptar nada como verdadero si no es visto por nosotros clara y distintamente. Sólo en caso de que la claridad y distinción fuesen suficientes como para no ponerlo en duda, podríamos tomar algo por verdadero. A este paso podemos denominarle «evidencia».
En segundo lugar, debieran dividirse, todas las dificultades que pudiésemos encontrar, en tantas partes como fuese posible, además de hacerlo de la manera más idónea para facilitar una correcta resolución. Denominamos a este paso «análisis».
En tercer lugar, se han de ordenar correctamente nuestros pensamientos, comenzando por los más simples, ascendiendo poco a poco a medida que su dificultad crece. Llamaremos «síntesis» a este paso.
En cuarto y último lugar, realizaremos enumeraciones completas en todo lo estudiado, asegurándonos concienzudamente de no omitir nada. Llamemos a este último paso «enumeración y revisión».
A estos pasos, llegará Descartes de la manera que explica en la siguiente cita: «Esas largas cadenas de razones tan simples y fáciles de que los geómetras acostumbran a servirse para llegar a sus más fáciles demostraciones, me habían dado ocasión de imaginarme que todas las cosas que pueden caer bajo el conocimiento de los hombres se siguen unas a otras de la misma manera, y que sólo con abstenerse de recibir como verdadera ninguna que no lo sea, y con guardar siempre el orden que es menester para deducirlas unas de otras, no puede haber ninguna tan alejada que finalmente no se alcance, ni tan oculta que no se descubra.»[7]
Siguiendo su propio método, considera que las matemáticas nos ofrecen algunas razones ciertas y evidentes por las que sería correcto empezar. Y teniendo en cuenta que estas ideas algunas veces precisarían ser consideradas en particular, y otras conjuntamente, lo oportuno sería suponerlas en línea, tomando así las características más importantes de la geometría y el álgebra.
En el parágrafo final de esta parte del discurso, Descartes asegura haberse contentado con el método, porque está seguro de hacer uso de su razón en todo. Sus intenciones eran las de aplicar éste a todas las ciencias, pero si al comienzo del trabajo advertíamos –al igual que Descartes en el discurso– que los principios de la filosofía, que dota de ellos al resto de ciencias, estaban aún por establecer, debería intentar primero establecer los de ésta. Y siendo él mismo consciente de la gran tarea que se encomendaba, consideró oportuno esperar a tener más edad, y con ella más experiencias que facilitaran este cometido.
Una vez establecido el método y el fin al que pretendía llegar, Descartes comienza la tercera parte de su discurso ofreciendo una serie de máximas que sirvieran, según sus propias palabras, de «moral provisional». La primera consistía en obedecer las leyes y costumbres de su país, así como conservar la religión en la que se le había instruido. Esto lo haría siguiendo a los que cree más sensatos y prudentes de entre los hombres con opinión moderada. Destaca que no deberíamos fijarnos en lo que dice un hombre sino en sus acciones, pues demasiadas veces dista uno de lo otro. Y además, entre varias opiniones sobre el mismo asunto, elegiría siempre la más moderada por ser más cómoda prácticamente. En este punto debo inmiscuirme para resaltar que Descartes ha tratado sobre la religión e, inmediatamente después, lanza una crítica sobre los hombres que no hacen lo que dicen. Quizás como ya dijimos sean meras fábulas personales, pero que vuelvan a aparecer ambos asuntos tan cercanos, es cuanto menos curioso, teniendo en cuenta las tesis sobre un Descartes ateo. Sobre esta máxima, volviendo a lo anterior, poco más dirá, añadiendo que rechazaría todo aquello que pudiese coartar la libertad.
La segunda de sus máximas afirma que se ha de ser firme en las opiniones, a pesar de que estas puedan parecer dudosas al principio, pues en caso de equivocarnos, la conclusión al menos será alguna, aunque fuese alejada. Además, observa que si es imposible la elección de una opinión verdadera, al menos debemos elegir la más probable.
La máxima tercera sugiere el olvido de deseos por el cambio del mundo en general, y centrar nuestros pensamientos en que, lo único sobre lo que realmente tenemos control, es, precisamente, nuestro pensamiento. De esta máxima, Descartes aduce una conclusión de rasgos cínicos que fácilmente pudieran recordarnos a Diógenes de Sinope: «si consideramos todos los bienes exteriores a nosotros como igualmente alejados de nuestro poder, no lamentaremos el carecer de aquellos que parecen ser debidos a nuestro nacimiento, cuando nos veamos privados de ellos sin culpa nuestra»[8] Tras estas palabras, recordará a los filósofos griegos que consideraban como lo idóneo el vivir conforme a la naturaleza, siendo uno de ellos el que nombrábamos anteriormente.
Para concluir esta parte de su discurso, Descartes se propone analizar las ocupaciones que los hombres tienen en la vida, pero no encuentra ninguna mejor para él que la de una búsqueda de la verdad siguiendo su método.  Las máximas que ofrecía tan sólo eran pautas para llevar a cabo correctamente este método, pues él mismo sentencia que «basta juzgar bien para obrar bien, y juzgar lo mejor que se pueda para obrar también de la mejor manera posible.»[9]
La cuarta parte del Discurso del método es sin duda la más celebre de todas, pues en ella aparecen los fundamentos de la metafísica cartesiana, y con ellos el principio que andaba buscando. Como ya todos sabemos, en un comienzo, Descartes dudará de todo cuanto razona y experimenta en tanto que nuestros sentidos nos engañan en múltiples ocasiones –p. ej. una vara dentro del agua parece estar doblada–, además de que nada podría probar que no formen parte de un sueño. Inmediatamente después de esto, comprende que en este acto de duda está pensando, y el acto de pensar le hace, al menos, estar seguro de que existe. Aparece aquí el cogito ergo sum, pienso luego existo, del que se dirá que no podemos dudar de que estamos dudando, pues dudar es pensar, y pensar implica existir. Y no vacilará Descartes en situar este como el primer principio de la filosofía que estaba buscando. Su aceptación nos lleva a descubrir que la esencia propia del hombre es la de pensar, y si esto es así, el alma será parte distinta del cuerpo, pues a ella se atribuye tal función.
Si entendemos el cogito como una verdad clara y distinta, como anteriormente exigíamos en la exposición del método, y reflexionamos que dudando nos comprendemos como imperfectos, debemos extraer de algún otro sitio las ideas de perfección. Descartes cree que el hombre no puede imaginar ideas si estas no tienen correspondencia con la realidad de los sentidos, teniendo aquí rasgos empiristas, pero reconoce que la idea de Dios y alma nunca se situaron en estos, sino que son fruto de la razón. En este discurso atribuye a la divinidad la perfección y la responsabilidad de colocar en nuestras mentes las ideas, pero nuevamente intentaré ir más allá en mi interpretación. Veo de nuevo indicios que elevan mis sospechas acerca de la tesis ya pronunciada, y para ello examinemos sus palabras: «hasta los filósofos tienen como máxima en las escuelas, que no hay nada en el entendimiento que antes no haya estado en los sentidos, donde, sin embargo, es cierto que las ideas de Dios y del alma no estuvieron jamás.»[10] Si la idea de Dios no se encuentra previamente en nuestros sentidos, y sólo lo hace en nuestra razón, ha de tenerse en cuenta que podría ser perfectamente fruto de nuestra imaginación. Si sólo se atribuye a estas ideas su conocimiento mediante la razón, quedan fuera de cualquier posible demostración, siendo lo único conseguido una mayor duda acerca de ellas. Es curioso que Descartes sitúe la idea de la perfección o la divinidad en la facultad racional, pues podría llegarse a entender que Dios es una creación del hombre. A pesar de esto, dejemos claro que lo habitualmente interpretado de este texto es que, Dios como perfección, colocó tales ideas en nuestras mentes, facilitando así la diferenciación entre ellas y la elección de las claras y distintas.
Finalizando esta parte del discurso, se dirá acerca del sueño que, a pesar de que debemos ser conscientes de que durante éste la imaginación es predominante, sí cabe la posibilidad –admitirá Descartes– de que alguno de nosotros ingenie un gran sistema durante este, pues al fin y al cabo es nuestra mente la que trabaja.
Ya en la quinta parte, el autor dice haber descubierto ciertas verdades sobre las ciencias, pero que, ciertas consideraciones que en ellas se encuentran, le impiden publicar un tratado sobre ello. Sin duda, una de esas consideraciones a las que se refiere es la de la admisión del movimiento de la Tierra, por la que Galileo fue condenado en 1633. Esta es, quizás, otra evidencia de su contrariedad con la Iglesia, y prueba de su ateísmo encubierto es la prudencia de no publicar lo que la contraviene.  Y dadas dichas razones, Descartes decide resumir esas verdades descubiertas en este mismo discurso.
Del resumen de estas verdades[11] considero de la mayor importancia una posible explicación del origen del mundo, a la que Descartes atribuye el fuego –al igual que Heráclito de Éfeso– como posible arjé o primer elemento. Analícese detenidamente lo que cito a continuación: «También, entre otras cosas, por no conocer yo nada en el mundo que produjese luz más que el fuego, me apliqué a hacer comprender claramente todo lo que pertenece a su naturaleza: cómo se forma, cómo se alimenta, cómo a veces no tiene más que calor sin luz y otras veces luz sin calor; cómo puede introducir diversos colores en distintos cuerpos, y otras diferentes cualidades; cómo funde algunos y endurece otros; cómo puede consumirlos casi todos y convertirlos en cenizas y humo; cómo, en fin, de estas cenizas por la simple violencia de su acción, forma el vidrio (pues, pareciéndome esta transmutación de las cenizas en vidrio admirable como ninguna otra en la Naturaleza, tuve un placer especial en describirla).»[12] De estas palabras, mi razón me obliga a creer que está intentando establecer, aunque de forma muy cautelosa, el fuego como arjé, al igual que los antiguos griegos trataban de hacerlo. Pero si algo es aún más curioso es lo que sigue a estas consideraciones, pues Descartes se apresura a cubrir sus espaldas con estas palabras: «No quería yo, sin embargo, inferir de todas estas cosas que este mundo haya sido creado de la manera que yo proponía, pues es mucho más verosímil que Dios lo hiciese desde un principio tal como debe ser.»[13] Recordemos a esto sus palabras en la parte anterior de este discurso, que tras hablar sobre la posibilidad de saber la procedencia de nuestras ideas, dirá lo que sigue: «pero no podía ocurrir lo mismo con la idea de un ser más perfecto que el mío, pues el tenerla de la nada era cosa manifiestamente imposible.»[14] Ambas declaraciones unidas acaban suscitando un paradoja, pues si de las ideas no es posible que surjan de la nada, ¿cómo es posible que ahora afirme que Dios creó el mundo de la nada, habiendo antes explicado otra posible opción? ¿No será que Descartes nos habla con ironía cuando nos dice que esa explicación es mucho mejor que la suya? Creo que estarán ya adelantándose a mis palabras cuando voy a decirles que, esta, es otra de las evidencias de un Descartes que va dejándonos migas en su discurso, que poco a poco, con la interpretación debida, resultan formar un pan poco apetecible para la Iglesia, razón más que suficiente para su ocultación. Y no será necesario recordarles también que, al inicio de esta parte del discurso, claramente excusa la no publicación de su tratado sobre las verdades de la ciencia por «ciertas consideraciones», como la que anteriormente yo les aportaba en cuanto al movimiento de la Tierra y la condena de Galileo.
Tras esto, siguen llegando declaraciones más que sospechosas: «De la descripción de los cuerpos inanimados y de las plantas pasé a la de los animales, y en particular a la de los hombres. Pero como no tenía todavía bastantes conocimientos para hablar de estas cosas en el mismo estilo que de las demás, es decir, demostrando sus efectos por sus causas y haciendo ver de qué semillas y por qué medios debe producirlas la Naturaleza, me contenté con suponer que Dios había formado el cuerpo de un hombre enteramente semejante a uno de los nuestros.»[15] Que utilice la expresión «me contenté» y «no tenía todavía bastantes conocimientos», al menos a mí, me resulta una crítica contra los fundamentos de la religión, explicándola como un mito al que se acudía, contentándonos, cuando no teníamos, todavía, los conocimientos suficientes para explicar los fenómenos.
Siguiendo su discurso, Descartes asegura que la fuerza de la que antes nos habló dependiente del fuego, es la que los humanos poseemos en el corazón, responsable de la circulación de la sangre en nuestro cuerpo. Durante las siguientes páginas, explicará el movimiento del corazón[16], algo que considero de sobra conocido por mis posibles lectores, y que no demasiado puede aportar a un trabajo filosófico como este. De igual modo, explicará también la respiración y digestión[17], de lo que únicamente extraeré, por su importancia metafísica, que al igual que todas las funciones del cuerpo humano –según Descartes– son posibles por el calor que el corazón transmite al resto de órganos a través de la sangre. Su explicación va más allá cuando asegura que el corazón se encarga de suministrar calor al cerebro, verdadero responsable del movimiento de todos nuestros órganos y miembros, en el que se encuentra lo que denomina «espíritu animal». Diferenciará después que ese espíritu es diferente en los hombres, pues nuestro cerebro, además de ser capaz de mover nuestros miembros, lo es también de razonar. De esto, podría deducirse que, al modo de entender de Descartes, el alma se encuentra en el cerebro.
Explicadas estas ideas, se nos ofrecen en este discurso los modos de diferenciar a un hombre de un autómata, pues asegurará el autor que algunas máquinas son también capaces de generar el mismo movimiento que logran nuestros órganos, aunque la perfección sea mayor en nuestro cuerpo. Dirá Descartes que tenemos dos medios para diferenciar a un hombre de un autómata, siendo el primero que, éstos últimos, no podrían hacer uso de la palabra ni otros signos para comunicar sus pensamientos. Si lograsen articular palabras, e incluso contestar a nuestras preguntas, asegura que no podrían elaborar discursos elaborados y racionales.
El segundo modo para diferenciarlos es que, los autómatas, obrarán mecánicamente y sin haber razonado el porqué de su movimiento, mientras que un humano será plenamente consciente de sus actos. Sí reconoce Descartes que los autómatas podrían realizar determinadas acciones con mayor perfección que los hombres, pero como dijimos antes, no serán conscientes de ello, sino que obedecerían a leyes mecánicas.
Se nos hablará después de los animales, de los que dice que pueden ser diferenciados de los hombres del mismo modo que hemos explicado para los autómatas, pues a pesar de que algunos puedan mostrar sentimientos o articulen palabras, como puedan ser los loros, no son conscientes de sus acciones, y si un autómata obra por mecánica, un animal lo hará por la disposición de sus órganos, semejante a la nuestra, de la que le dotó la naturaleza.
Para concluir esta quinta parte del discurso, Descartes expondrá sobre el alma que es bien diferente a la de los animales, pues lo propio de la nuestra es pensar, siendo el hombre el único que tiene esta capacidad. Por este motivo, considera que la reencarnación en otros animales es imposible, pero sin embargo sí cree que el alma humana sea inmortal, pues es lo que da la vida al cuerpo, que por el contrario sí perece.
En la sexta y última parte del Discurso del método, su autor cuenta cómo, por miedo a las posibles represalias, no publica sus consideraciones acerca de la ciencia, y de manera más exacta la física, conocido el juicio de Galileo. Tras esto, reflexiona que los hombres tenemos el deber de procurar un bien general tanto como nos sea posible, y compartir dichos conocimientos podría ser causa de un gran bien en la humanidad.
La ciencia por excelencia para Descartes es la medicina, pues considera que con las investigaciones necesarias, podría ser cura de infinidad de enfermedades, no sólo del cuerpo, sino también del espíritu. Y precisamente confiesa que ese es su fin en la vida, el de llegar a conocer tanto la naturaleza como para ofrecer a la medicina las mejoras necesarias.
La última parte de este discurso es una explicación de las razones por las que no publicó sus conocimientos sobre ciencia en vida, esperando a su muerte para sacarlos a la luz. Descartes cree firmemente que si hubiese publicado sus textos mientras vivía, los comentarios o críticas que pudieran hacerle le distraerían demasiado de sus funciones en la investigación de la naturaleza. Si algo adoraba era la tranquilidad, necesaria para una concentración suficiente a la hora de escribir o investigar, y la publicación de sus textos, trajese fama o deshonra, impediría su sosiego.
La conclusión del Discurso del método es una declaración de deseos por parte de su autor, que pretende gastar el resto de su vida en la investigación de la naturaleza con el objetivo último de mejorar la medicina, logrando con ello un bien mayor para los hombres, pues «todo hombre está obligado a procurar el bien de los demás tanto como esté en su mano»[18] según Descartes, y «nada vale quien a nadie es útil.»[19]
Pocas consideraciones pueden hacerse ya sobre este discurso, pues a lo largo de su explicación, o mejor dicho interpretación, he detallado ciertos fragmentos que parecen apoyar la tesis de un Descartes diferente al que comúnmente se nos explica. Sabiendo sobradamente que este discurso nos aporta un método para un conocimiento e investigaciones certeras, no debemos olvidar el carácter ampliamente crítico de este autor con ciertos aspectos que hemos destacado. Sus tiempos fueron de terrible censura y condena a los considerados herejes, por lo que no resulta extraño que no publicase algunos de sus textos en vida, y que, además, existiese un mensaje oculto en los que sí publicaba, como este discurso, al igual que los escritores españoles, durante el franquismo, escondían sus mensajes de manera que los ingenuos censores no se percatasen de ellos.
Ni soy quién, ni este es el momento para asegurar que Descartes era un ateo encubierto, pero su Discurso del método suscita ciertas dudas en mi persona, y si precisamente él nos invita a dudar de todo, no será en menor medida con las intenciones de su obra, pues quién sabe si realmente eran dobles.


[1] Descartes, René. Discurso del método. Barcelona: Orbis, 1983, p. 47
[2] Ibídem
[3] Op. Cit., p. 50
[4] De un «es» no debe extraerse un «deber ser».
[5] Ibídem
[6] Op. Cit. P. 57
[7] Op. Cit. P. 60
[8] Op. Cit. p. 66
[9] Op. Cit. p. 68
[10] Op. Cit., p. 76
[11] Acerca de esta cuestión, véase
Op. Cit., p. 80 et passim.

[12] Op. Cit., p. 82
[13] Ibídem
[14] Op. Cit., p. 73
[15] Op. Cit., p. 83
[16] Acerca de esta cuestión, véase
Op. Cit., p. 84 et passim.
[17] Acerca de esta cuestión, véase
Op. Cit., p. 90

[18] Op. Cit., p. 102
[19] Ibídem

viernes, 17 de mayo de 2013

Distopía vs topía

Ray Bradbury, fallecido en 2012 y sin apenas impacto mediático. Escritor de Fahrenheit 451, posiblemente una de las mejores novelas distópicas escritas, ni siquiera obtuvo un mísero espacio en el telediario para la noticia de su muerte. Este es uno de esos libros que despiertan cierta inquietud en la mente, y que no se considere como debe a su autor, no hace más que dar toda la razón a su advertencia.
Esta distopía nos lleva a un mundo en que los bomberos no apagan incendios, son alertados cuando un ciudadano es sospechoso de la posesión de libros no autorizados con el fin de quemarlos. Pero lo más sorprendente no es que se quemen libros, sino por qué se hace. Se argumenta que la lectura provoca melancolía, que hace ser consciente de ciertos aspectos poco agradables de la vida. La base de la sociedad descrita es la felicidad, aquel telos aristotélico totalmente desvirtuado. La felicidad de la que aquí se habla es la que comparte asiento con la ignorancia, y cuya butaca es el entretenimiento de masas. En Fahrenheit 451 se nos habla de una tecnología dispuesta para el entretenimiento total de la ciudadanía, de televisiones a gran escala que forman parte de incluso todas las paredes de una habitación, de aparatos que interactúan con nosotros como si de amigos se tratase. El fin último del gobierno es asegurar la felicidad de sus ciudadanos, impedir cualquier angustia que pueda disminuir su capacidad productiva. La sociedad gira en torno a los medios de comunicación, al entretenimiento, anulando completamente las relaciones entre personas. Sólo cuando Montag, bombero, conoce a Clarisse, una joven a la que califican de loca, comienza a cuestionarse su felicidad y la legitimidad del gobierno.
Resumidos los aspectos relevantes de la novela, quizás debiéramos preguntarnos si esta distopia advertida por Bradbury no es una realidad anunciada, si no describe a la perfección lo que somos hoy. Recordemos que Clarisse, esa joven inquieta que provoca las dudas en Montag, es considerada como una loca. Esta chica se dedica únicamente a pasear, a observar la naturaleza, pensar, charlar con familiares y amigos… No consume absolutamente nada de esa tecnología de entretenimiento de masas. ¿Por qué se le considera entonces como a una loca? Sencillamente, es diferente, no sigue las pautas impuestas por el gobierno, piensa por sí misma. ¿Acaso hoy no tratamos de loco, antisocial, inadaptado o antisistema, a aquél que escapa de lo normal, de lo establecido? He observado la conducta de los niños en múltiples ocasiones, y no hay nada más revelador. El mínimo atisbo de diferencia por parte de alguno de ellos provoca inmediatamente, si no el rechazo, las mofas de algunos. Los niños tienden a identificar negativamente ser diferente, prueba más que suficiente de que la educación ha caído definitivamente en desgracia. Ya no se educa en valores, y si se hace, no se fundamentan adecuadamente. De poco nos sirve enseñar a nuestros hijos una serie de valores, si su enseñanza es dogmática y no terminan de comprender su fundamento. El «porque sí» y el «porque lo digo yo» debieran estar más que prohibidos durante la enseñanza.

Hemos degenerado en una sociedad dogmática y normativa. Se nos ofrecen leyes aparentemente morales y buenas, pero se echan en falta sus fundamentaciones. Hemos intentado establecer un orden rígido con el fin de asegurar la igualdad, pero los errores no se han hecho esperar. Si desde los principios buscábamos una igualdad formal, es decir, de todos los seres humanos en tanto que fines en sí mismos y no como medios a la manera kantiana, después, con las revoluciones bolcheviques y Marx como pensador, tratábamos de encontrar también una igualdad material. Quiero advertir que hoy, la antaño presupuesta igualdad formal, ha desaparecido. No puedo evitar darme cuenta de que hoy, la mayoría de esos personajes mal denominados políticos, ya no hablan sobre igualdades formales, sino sólo sobre las materiales. Parece interesarles únicamente el aspecto económico. Oigo hablar en las televisiones acerca de la pérdida de poder adquisitivo de la clase media, pero no acerca de su progresiva esclavización en el trabajo. Quizás debiéramos revisar las palabras de Marx, puesto que además de defender una igualdad formal, nos hablaba también de los peligros de la alienación, que algunos creen hoy erradicados, pero que en realidad están más a la orden del día que nunca.
Y si todo en la sociedad de la que habla Bradbury está dispuesto para el entretenimiento constante, pretendiendo evitar a toda costa el pensamiento crítico, hoy nuestra situación no es muy diferente. Los libros habían sido quemados en esta distopía, a excepción de los manuales destinados al aprendizaje de las profesiones, lo puramente técnico. Hoy las humanidades están desprestigiadas y olvidadas, las carreras universitarias técnicas, o dicho de otra manera, de las que se puedan obtener ciudadanos productivos, están mejor subvencionadas y gozan de gran aceptación. Poco a poco van desechando todo lo que pueda conllevar un pensamiento crítico, sin que nadie se de cuenta. La nueva ley educativa contempla en sus primeras líneas, la que posiblemente sea la declaración de intenciones más nefasta de la historia de la humanidad. Ya no ocultan sus intenciones, claramente explicitan que los deseos educativos son los de la formación de ciudadanos productivos. Si lo único importante es la producción, que el sistema no deje de funcionar, y a cambio de esto somos capaces de inmolar el pensamiento crítico, mucho me temo que la degradación del género humano está cada vez más cercana de un género robótico.
Si comparamos nuestra sociedad y la de Fahrenheit, en la nuestra no se queman libros, pero apenas sí se leen. El entretenimiento proporcionado por los medios de comunicación e internet está provocando que sólo unos pocos dediquen su tiempo libre a leer libros. Puede que, como decíamos, no se estén quemando libros directamente, pero la continua publicación de best sellers de lectura rápida, está llenando el mercado de ruido. Un ruido que impide escuchar lo verdaderamente importante.
¿Y qué hay de las relaciones entre personas? La llegada de los smartphones ha convertido a los humanos en autómatas. Andamos por la calle pendientes de una pequeña pantalla, que cada vez es más grande para captar mejor nuestra atención. Estoy seguro de que no seré el único que ha presenciado cómo dos personas se han chocado en plena calle por ni siquiera prestar atención a por dónde andan. ¿Qué fue de las charlas entre amigos? Jóvenes de todo el mundo dedican demasiadas horas al día a «socializar» mediante las «redes sociales». ¿No sería mejor mantener una conversación cara a cara, si fuera posible, en lugar de hacerlo frente a la pantalla de un aparato electrónico? ¿Qué sucede cuando alguien asegura no estar presente en alguna de esas plataformas? Si a algún joven se le ocurre decir que no tiene una cuenta en al menos una de ellas, como poco será tildado de antisocial. ¿No será más antisocial el que prefiere mantener una conversación a través de internet? Esto me hace recordar de nuevo aquél rechazo al diferente del que hablábamos antes.
Véase que el mundo descrito por Bradbury y la sociedad actual no están tan distantes. Se preguntaban algunos si sería posible acabar como este autor advertía, pero hoy la respuesta es un rotundo sí. Puede que no exista en nuestra sociedad una brutal censura como en Fahrenheit 451, pero preguntémonos si no es peor provocar premeditadamente la pérdida del pensamiento crítico en la ciudadanía. Pero, vayamos más despacio, ¿no existe realmente censura en nuestros días? Permítanme que responda a esta pregunta con otra pregunta: ¿acaso sabemos hoy algo acerca de la situación de Grecia? El único modo que he logrado encontrar para informarme sobre este asunto han sido los llamados periódicos de contra-información, los medios de comunicación alternativos.
Tratemos el asunto griego en mayor profundidad. Los recortes han llevado al país a la ruina y a sus habitantes a alcanzar el 50% de su total en el límite de la pobreza. En actos de desesperación, los helenos se echan a la calle de forma violenta. ¿No será aquel orden estricto del que hablábamos antes, aquel que pretende sustentar el sistema por encima de todo, la causa directa de esto? Siento defraudar a los artífices del capitalismo y las sociedades tecnocientíficas, pero el orden estricto y perfecto, además de no existir, desemboca en el caos. La naturaleza nunca fue perfecta, porque la perfección no es lo que los humanos entendemos por ella. Hemos olvidado que las ciencias son simplificaciones del mundo, las creamos para poder entenderlo de manera más sencilla. Hoy pretendemos cuantificar, numerar y organizar toda la realidad, olvidando que, ciertamente, la naturaleza es bastante impredecible y nada ordenada. Según mi criterio, es imposible crear un sistema que organice a los seres humanos con total respeto a la igualdad y la dignidad. El querer llevar el orden al extremo ha terminado provocando que los desajustes propios de la naturaleza hagan derrumbarse a un sistema ignorante. ¿Y qué pasará ahora? El caso griego me ofrece dos posibilidades, aunque en realidad ya las hemos contemplado a lo largo de la historia. Un partido extremista, Amanecer Dorado, aprovecha la desesperación y el miedo de los helenos para ofrecerles esperanza y comida a cambio de votos. Los tiempos en los que nos encontramos son los idóneos para que, de nuevo, un líder carismático se alce en el poder. Y es aquí precisamente donde tenemos esas dos posibilidades de las que antes hablaba. Si seguimos aguantando, manteniendo el sistema sobre nuestros hombros cansados y desgarrados, acudiremos desesperados a la llamada de un líder muy parecido a aquellos que se alzaron durante la 2ª Guerra Mundial. Pero, por suerte, hay una posibilidad más: la de dejar caer, todos a la vez, ese peso insostenible. Puede que sigamos a otro líder, pero ese líder carismático no será como el que antes mencionamos. Será la persona encargada de abrir los ojos y devolver la vista a los ciegos, de reconvertir en humanos a las ovejas. Ese líder no deberá ir delante del pueblo, lo hará con el pueblo. No nos dejemos engañar por líderes que van delante, y no del pueblo, sino de la masa.
 Los gobernantes son muy conscientes de las amplias posibilidades de revolución y, por eso, cada día existen más y más canales de televisión, una gran variedad ampliada cada poco tiempo. Se intentan abarcar todos los gustos, que nadie quede insatisfecho con el entretenimiento que proporcionan. Y, ¿para qué sirve el entretenimiento? Para no pensar en otras cosas, en problemas o recuerdos que quizás puedan entristecernos, para evitar que nuestro estado de ánimo decaiga hasta poder afectar a nuestra productividad en el trabajo y, además, una mente entretenida no se preguntará el porqué de las cosas, no cuestionará lo establecido, no imaginará una sociedad mejor. Algunos creen que los concursos televisivos pueden ser educativos, y quizás, si nos fijásemos detenidamente, comprenderíamos que se dedican a llenarnos la sesera con un arsenal de datos insignificantes. Si vuelves a tu pueblo ignorante, al menos hazle creerse sabio. Recordemos aquella política romana, pan et circenses, y será verdad aquello de que el hombre es el único que tropieza dos veces –e incluso más– con la misma piedra. A lo largo de la historia, ya demasiadas veces hemos cometido errores, pero más grave es el silencio de los que somos conscientes de ellos. Me gustaría citar aquí a M. Luther King y que divagáramos, por un momento, sobre unas palabras llenas de razón: «Tendremos que arrepentirnos en esta generación, no tanto de las acciones de la gente perversa, sino del pasmoso silencio de la gente buena.»
Y entremos ahora en otro aspecto importante que también aparece en la novela, y que los recientes acontecimientos en Boston me obligan a recordar. Bradbury describía cómo, cada vez que se cometía un crimen, los medios de comunicación retransmitían en directo la persecución por los cuerpos de seguridad a los criminales, cómo les daban caza. La intención de estas retransmisiones es reforzar la imagen del Estado, asegurar a sus ciudadanos que están protegidos si guardan sumisión. El reciente atentado en la maratón de Boston puso en evidencia la seguridad de los Estados Unidos de América, que se apresuraron en difundir los vídeos de la captura de los responsables; aunque, puestos a comparar nuestra sociedad con la de Fahrenheit, en esta última daban caza al individuo equivocado si era necesario para mantener la calma. O pensemos durante un momento en aquel temible enemigo, Bin Laden, buscado durante años y responsable de la muerte de decenas de personas. Su captura volvió a legitimar al gobierno de EEUU, recordó a sus ciudadanos, que a pesar de los errores que puedan cometer sus dirigentes, siguen ofreciéndoles protección. Y ahora, dejen que les pregunte algo, ¿Y si todo fuese un montaje? Llámenme cuanto quieran por escribir estas palabras, pero no acabo de creerme que, sabiendo sobradamente que desde un ordenador personal puedo acceder a las imágenes de todo el mundo mediante un satélite, la increíble tecnología de la gran potencia militar mundial no fuese capaz de encontrar a un solo hombre.
Volvamos a Boston, donde se produjo un atentado con explosivos caseros, atención, metidos en ¡ollas express! Después de los más que considerables aumentos de seguridad tras el 11-S, ¿ningún policía se percató del notable bulto que un joven llevaba en una mochila? Aquí hay algo que no termina de encajar. Y perdónenme si hiero su sensibilidad con tanto como digo, pero mi conciencia no dejará de remorderse si no trato este tema aquí, pues del 11-S también mucho se ha hablado. Unos aviones fueron suficientes para hacer caer dos rascacielos, según los informes técnicos por el incendio que provocaron. Deberíamos recordar ahora la Torre Windsor de Madrid, que ardió por completo, y a pesar de haber alcanzado altísimas temperaturas, la estructura no cedió. ¿Por qué cedieron entonces aquellas torres? Lo alarmante llega cuando no uno ni dos, sino cientos de testigos, aseguran haber oído explosiones antes del derrumbamiento. Existen cientos de grabaciones de supervivientes que lograron salir de alguno de los edificios asegurando haberlas oído. Y como cubrir esto era demasiado complejo, la versión oficial contemplaba explosiones en las cocinas de ambos edificios. Sólo añadiré que poco después, uno de los responsables técnicos de las torres, sentenciaba sin ningún tipo de duda que todas las cocinas eran eléctricas.
Podría seguir argumentando acerca de este y otros tantos temas de las denominadas «teorías de la conspiración», pero con estos ejemplos es suficiente. Sólo pretendo despertar la duda, algo ya ausente en la masa. Porque hoy ya no podemos hablar de pueblo, sino de esa masa de la que nos hablaba Ortega y Gasset. Deberíamos preguntarnos si esos de ahí arriba no están jugando con nosotros, si se dedican a inventar enemigos con la finalidad de legitimar su poder, si llegarían a ser capaces de asesinar como meros «daños colaterales» a sus propios habitantes, sólo para asegurar un sistema caduco.
Quizás me haya excedido en mis palabras y ahora estén ustedes tomándome por un loco sin remedio, pero al menos espero haber despertado un mínimo espíritu crítico de la manera más ancestral existente: la escritura. Acéptenme un consejo cuando les digo que lean, pero no best sellers, sino libros libres de ruido. Apaguen su televisor, dejen de indignarse porque su equipo de fútbol pierda, indígnense por una humanidad deshumanizada. Desenchufen su ordenador personal, hablen con sus familiares y amigos. Aprendan filosofía, pues mañana podría ser demasiado tarde.

miércoles, 15 de mayo de 2013

Epistemología: Conocimiento Inferencial

En este breve texto trataremos de explicar, aunque de manera muy resumida, los aspectos epistemológicos más importantes que Hume trata en su Investigación sobre el entendimiento humano. Se establece una diferenciación entre dos clases de percepciones: a las menos fuertes o intensas las denomina «pensamientos» o «ideas», mientras que a aquellas que conllevan un grado mayor de percepción, sean los cinco sentidos y sentimientos en general, las llamará «impresiones».
Puede parecer que el pensamiento humano es ilimitado, pero Hume, como buen empirista, no puede estar de acuerdo con esto. Nos dirá que, si bien es cierto que la mente humana goza de la facilidad de inventar y crear, todas sus fantasías no serán más que la unión de ideas ya conocidas. Podemos ejemplificar esto visualizando un ser mitológico como la esfinge, que para los antiguos griegos era un demonio de destrucción y mala suerte, representado con rostro de mujer, cuerpo de león y alas de ave. Como es evidente, la invención de este ser corresponde a la unión de las diferentes ideas que se han nombrado. Se nos ofrecen dos argumentos a favor de estas consideraciones: primero, Hume sostiene que «cuando analizamos nuestras ideas, siempre existe la posibilidad de reducirlos a ideas tan sencillas, que pueden parecer copias de anteriores sentimientos o sensaciones.»[1] Amplia este argumento con la consideración de que la idea de Dios es una ampliación de las capacidades humanas. Su segundo argumento aporta que, aquél que no haya podido hacer uso de uno de los cinco sentidos propios del ser humano, dígase la vista, no conocerá las ideas que mediante ésta se generen, como los colores, y sin embargo, si se le devolviese esa capacidad, no tendría dificultad alguna para creación de estas ideas.
También señalará Hume, que es posible que un hombre sea capaz de concebir una idea que no ha percibido previamente por los sentidos. Utiliza el ejemplo de una gama de colores de la que se prive de una única tonalidad a un individuo. Si esta persona no ha percibido nunca un tono determinado de, digamos azul, es posible que pueda deducir su falta observando el resto de la gama colocada respecto a su gradación. Aun en este caso, la idea creada corresponde a la percepción del resto de ellas que la han hecho posible.
Una vez aclarado lo anterior, en la sección tercera se establece una conexión entre las ideas mediante tres principios: semejanza, contigüidad, y causa y efecto. Considera Hume que estos son principios universales, y los ejemplificará diciendo que «un cuadro hace que nuestros pensamientos traten de evocar el original –semejanza–. La mención de una estancia de un determinado edificio hace que nos preguntemos o comentemos algo acerca de los demás aposentos –contigüidad–. Y si pensamos en una herida, difícilmente podremos substraernos de imaginar el dolor que lleva añadido –causa y efecto–.»[2] Además, contempla la posibilidad de que puedan darse casos en los que los principios puedan unirse para determinadas ideas, es decir, que de una idea pasemos a la otra siguiendo causa y semejanza, por ejemplo.
Ya en la sección cuarta, Hume dirá que todos los objetos de la razón o investigación humanas pueden dividirse en dos clases: relaciones y hechos. En la primera clase comprenderemos todas las afirmaciones intuitivas o demostrativamente ciertas –álgebra, geometría, aritmética…–. Sin embargo, los hechos en tanto que segunda de estas clases, no pueden ser tan fácilmente demostrados o intuidos. Éstos pueden ser contrarios entre sí sin implicar contradicción, pues afirmar que «mañana lloverá» es tan inteligible que decir «mañana no lloverá».
Siguiendo en la sección citada, consideraremos que todos nuestros razonamientos acerca de hechos parecen responder a la relación de causa y efecto. Gracias a esta relación –nos dirá Hume– podemos ir más allá de la evidencia de nuestra memoria y nuestros sentidos. No podemos dar mejor ejemplo que el método de investigación que sigue la ciencia, del que se intentan extraer las causas de determinados efectos mediante la observación y experimentación. Sentencia el autor que «…el conocimiento de tal relación no se alcanza, en ningún caso, gracias a razonamientos apriorísticos, sino que procede de la experiencia en su totalidad.»[3] Este empirismo defiende que cualquier conocimiento posible es dado por la experiencia, y sólo a través de esta podemos alcanzar certeza. Esto es observable en cuanto que es imposible conocer a priori las causas de un hecho o un objeto, mientras que mediante investigación u observación de hechos empíricos, de nuestra propia experiencia, podemos llegar a conocerlas. Continuará argumentando que la causa es distinta del efecto, y si tratamos de indagar acerca de las causas desde su efecto, todas las consideraciones serán arbitrarias en cuanto que apriorísticas. El ejemplo utilizado por Hume para esta afirmación es el de dos bolas de billar. Si la primera bola es golpeada por un humano, esta será la causa de su movimiento, pero sin embargo, cuando choque contra otra bola y haga que esta se mueva, esa segunda bola ya no se moverá por causa directa del humano, sino de la inercia.  Por esto, dilucidar la causa desde un efecto será imposible si no es a través de la experiencia. Llevadas estas ideas al extremo, las consideraciones humeanas llegarán hasta el punto de considerar que el hombre, posiblemente, no pueda conocer la causa primera que tanto se esmeran en descubrir los metafísicos. Las sentencias de Hume llegarán tan lejos que mostrará cierto grado de escepticismo respecto al conocimiento. Con sus propias palabras, «toda filosofía desemboca en la constatación de la ceguera y debilidad humanas, situaciones con las que nos encontramos a cada paso, por más que tratemos de eludirlas o evitarlas»[4], es decir, que cada intento de razonamiento muestra la ignorancia del ser humano, y su incapacidad para conocer sin la disponibilidad de experiencia alguna. Y tampoco la geometría, por ejemplo, –según Hume– es fuente de conocimiento, sino que sólo facilita a la experiencia la deducción como mera herramienta de simplificación.
Más adelante, sentencia nuestro autor que «incluso después de haber tenido experiencia de lo que representa la causa y el efecto, las conclusiones que deduzcamos de dicha experiencia no están fundadas ni en el razonamiento ni en cualquier otro proceso de nuestro entendimiento.»[5] Surgen aquí importantes dudas escépticas respecto al conocimiento, y es que si éste se lleva a cabo mediante inferencias, es decir, si poseemos un conocimiento inferencial como señala el título de este trabajo, deberíamos poder fundamentar esas inferencias. El único modo que el hombre tiene de aprender es la observación, la deducción mediante determinadas relaciones causa-efecto, inferimos a través de las experiencias. Debemos tener en cuenta que cuando observamos una de estas relaciones, después tendemos a aplicarlas a objetos o situaciones semejantes, pero esto es así por que creemos que el futuro será semejante a las experiencias que tenemos del pasado, es decir, aceptamos en todo momento que el curso de la naturaleza no cambiará radicalmente. Hume pretende con esto advertir de la falibilidad del conocimiento, y que incluso las inferencias que puedan suscitar una serie de experiencias pueden ser erróneas para casos diferentes o futuros.
A pesar de todo lo anterior, se apresurará Hume en afirmar que, aunque sea notable la ignorancia humana, la experiencia es fuente de conocimiento, y es indubitable que mediante ésta se aprende y progresa, pues cuando un niño o un animal se queman con una llama, no volverán a tocarla después.
Llegados a este puntos, Hume  es consciente de que incluso teniendo una experiencia casi nula, solemos inferir relaciones de causa-efecto por motivos que desconocemos. Apostará por un principio al que denominará costumbre, del que nos dice que lleva al hombre a inferir estas relaciones por el mero hecho de verlas cada día sin variaciones, pero sin necesidad de ningún tipo de raciocinio, simplemente se está acostumbrado a que así suceda, y de ninguna manera se esperaría algo diferente. Con sus propias palabras, «siempre que la repetición de un acto o proceso determinados está en el origen de la propensión a que dicho acto o proceso se repita, sin que sea necesario el impulso de ningún razonamiento u otro procedimiento del entendimiento, decimos que dicha propensión es un efecto de la costumbre.»[6] Para este pensador, la costumbre es la responsable de que nuestra experiencia nos resulte útil, nos permite esperar en el futuro acontecimientos semejantes a los pasados.
Es cierto que el hombre es capaz de imaginar ficciones, pero como ya dijimos anteriormente, estas sólo son mezclas de experiencias. Hume diferenciará entre ficción y creencia, siendo la última «una imagen más vívida, intensa, vigorosa, asentada y segura de un objeto que la que puede proporcionarnos la imaginación por sí sola.»[7] Las creencias no consisten en la propia naturaleza, sino sólo en el modo de concebir las ideas y la impresión que producen en la mente. Podemos extraer del texto que, al modo de entender de Hume, una creencia es un acto imaginativo al extremo que puede parecer real. Cuando oímos la voz de un conocido en la habitación de al lado –que en realidad no está–, nos dirá, estamos imaginando su presencia, recibiendo la impresión de que es así. Continúa diciéndonos que, «el sentimiento de creencia no es más que una concepción más intensa y firme que la que acompaña a las meras ficciones de nuestra imaginación, y que este modo de concebir las cosas surge del hábito de unir un objeto a algo que esté presente tanto a la memoria como a los sentidos.»[8]
Acerca de lo que imaginamos, Hume defiende que es provocado por los principios de conexión anteriormente mencionados –semejanza, contigüidad y causalidad–, y que la aparición de uno de ellos es la responsable de las impresiones que puedan provocarnos. De la semejanza se nos dice que es capaz de crear un sentimiento de falta de los que ya no están, pues cualquier otra persona u objeto puede hacernos recordar su persona. Del mismo modo, la contigüidad en el espacio o el tiempo pueden crear determinadas impresiones. Algo tan simple como encontrarse en un lugar donde antes ocurrió algo, o ser la fecha exacta de esto mismo, es capaz de rememorar muy nítidamente aquellos momentos, creando impresiones de increíble realidad. Y lo mismo ocurrirá con la causalidad, que provocará que creamos que algo ha dado como efecto lo mismo que una vez ya dio aun siendo mera imaginación.
Encontrándose aquí, Hume podría recordarnos a Descartes cuando nos dice que no debemos confiar plenamente en nuestra razón, pues sus capacidades son reducidas y lentas, que debido a todos los actos de imaginación que acabamos de ver, podríamos estar equivocados en las creencias más nítidas. Finaliza la sección quinta abogando por una mayor utilización de nuestros instintos, de los que dice que son mecánicos y más fiables, y de los que nos dotó la naturaleza al igual que movemos los músculos sin necesidad de ser conscientes de todo lo que esto conlleva.
Incluso en el movimiento de nuestros miembros hacemos uso de la experiencia –según Hume–, pues sabemos que previamente se han movido, y tenemos experiencia de ellos. Por el contrario, un lisiado no intentará mover lo que no tiene, porque ya tiene sobrada experiencia de ello. Prueba de esto es que cuando alguien dotado de todos sus miembros, por accidente, pierde alguno de ellos, su experiencia le hará intentar mover lo que una vez tuvo. Y una vez aclarado esto, el autor asegura que la voluntad de realizar acciones tan primarias depende de la experiencia, y sin embargo, «el poder o energía mediante los cuales se llevan a cabo […] nos es desconocido e inimaginable.»[9]
Tras un largo discurso sobre la falibilidad de nuestra razón, advirtiendo que no podemos crear leyes generales de causa-efecto por la única experiencia de un efecto tras una causa, Hume intentará ofrecernos una definición de causa. En primer lugar, nos dirá que podemos definirla como «un objeto, que va seguido de otro, siempre y cuando todos los objetos similares al primero vaya seguidos por objetos similares al segundo.»[10] Intentará aclarar aún más definiendo a la causa en tanto que «el segundo objeto jamás habría tenido lugar, de no haberse producido el primero.»[11] Y como cuando se da esto, nuestra mente tiende a generalizar que causas determinadas darán efectos determinados, Hume añade que la causa se trata de «un objeto seguido por otro, cuya aparición siempre dirige el pensamiento hacia aquel otro.»[12]
Resumiendo, se expone que la consideración de que algo conlleve una relación de causa y efecto, depende primeramente de la experiencia, y esta nos lleva a observar la existencia de una conexión entre dos objetos. Si tenemos en cuenta que los principios de conexión son los de semejanza, contigüidad y causalidad, cuando nuestra experiencia sea capaz de diferenciarlos en distintas ocasiones, podremos decir que existe una relación de causa y efecto, y esta relación es la única comprendida por Hume en el entendimiento humano. Y precisamente de estas relaciones, se infieren nuevas ideas que dan lugar a lo que conocemos como conocimiento inferencial.


[1] Hume, David. Investigación sobre el entendimiento humano. Buenos Aires: Losada, 2010, p. 27
[2] Op. Cit., p. 33
[3] Acerca de esta cuestión, véase
Hume, David. Investigación sobre el entendimiento humano. (Buenos Aires: Losada, 2010). p. 44 et passim.

[4] Op. Cit., p. 49
[5] Op. Cit., p. 51
[6] Op. Cit., p. 65
[7] Op. Cit., p. 73
[8] Op. Cit., p. 74
[9] Op. Cit., p. 96
[10] Op. Cit., p. 109
[11] Ibídem
[12] Ibídem