viernes, 1 de julio de 2011

Las dos caras de la vida

   No es fácil, pero tampoco imposible. A menudo nos quejamos de que la vida no es justa, de que a las mejores personas les ocurren las peores cosas, y que muchos se pasan la vida sufriendo, y la vida no les deja respirar ni un segundo. Esto no es así. Todos sufrimos a lo largo de ella, nadie está exento de sus percances, sólo que algunos son más fuertes que otros para superar los obstáculos. Si un niño africano es capaz de reír mientras a penas tiene qué comer, ¿por qué no íbamos nosotros a poder ser felices sobrándonos la comida? Si este niño es capaz de seguir jugando y riendo mientras sus familiares mueren por enfermedades que ni siquiera existen en Europa, ¿por qué no íbamos nosotros a ser felices con una familia sana? Pretendo hacer ver que somos demasiado egoístas, y no sólo esto, sino que no apreciamos lo bello de la vida.
   El superar situaciones difíciles es lo que nos va haciendo fuertes, lo que nos hace apreciar en mayor medida nuestra vida, pero aún así, si pretendemos ser felices a lo largo de ella, se deben saber apreciar las pequeñas cosas. Una vida feliz es apreciar lo pequeño, preferir una pulsera hecha de hilo a una bañada en oro, apreciar cosas tan pequeñas como una piedra en relación a todo un mundo. Viviremos felizmente cuando consigamos apartar un velo que no nos deja ver la realidad, lo apreciable, lo bello, lo que realmente merece la pena, y lo que es realmente capaz de darnos una razón para levantarnos cada día. Un simple abrazo puede durar días, meses, e incluso años, dándonos una razón de vivir. No son las riquezas, sino estas pequeñas cosas, que pueden estar cargadas de recuerdos, cosas que pueden significar más que ningún rubí para nosotros, que reavivan nuestros mejores recuerdos, y nos recuerdan que son por esos momentos por los que merece la pena seguir aquí.
   Son también las personas un motivo de felicidad, y de forma más precisa los recuerdos que con ellas pudiésemos tener, unos recuerdos, que por más que pasara después, nadie podría ya arrebatarnos. Por mucho que perdiésemos a esta persona, que nuestra relación con ella cambiase, o cualquiera de las situaciones posibles se diese, seguiríamos siendo dueños de unos recuerdos que nos corresponden, y seguiríamos teniendo derecho a reír con estos recuerdos. No hay razón para entristecerse cuando se recuerdan las pequeñas cosas que se han hecho con otros, porque no tiene sentido llorar por lo que merece reír, ni odiar a lo que una vez se quiso. La vida da demasiadas vueltas, unas veces pueden gustarnos, otras no, y está en nuestra mano comprender que esa es su esencia, que no podemos cambiarla, y en cuanto logremos comprenderla y aceptarla, podremos ser felices.
   Sé que es más fácil decirlo que lograrlo, y creedme, yo tampoco lo consigo, o quizás sí, porque una de esas pequeñas cosas que a mí me hacen feliz, es intentar ayudar a los demás, en la medida que me es posible, o la que me permiten. He llorado, y también reído, algunas veces llorado por recordar lo feliz, pero es ahora cuando comprendo que son mis recuerdos, que siempre estarán ahí, y más que olvidarlos, debo conservarlos para saber quién fui, y por tanto, quién soy.
   Me ofrezco voluntario para reír, para llorar, para querer, para odiar, para desear y despreciar, para amar, comprender, respetar, añorar, y apoyar, y por tanto, para vivir.

9 comentarios:

  1. Una profunda reflexión :) La verdad es que la felicidad la he sentido en las pequeñas cosas, como tu has dicho, las grandes al final solo son banalidades y cosas que al final carecen de importancia. Un saludo desde Luz y Penumbra :)

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  2. Me he sentido muy identificada al leer esta entrada, los recuerdos felices no tienen porque olvidarse, me has dado una lección, ya que suelo esconderlos inútilmente.
    Un saludo :)

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  3. Gracias, me halaga saber que te soy de ayuda.
    Un abrazo.

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  4. Creo que veo una pequeña contradicción a mi forma de ver,y es que... si niños sin nada que comer sonríen, y si niños siguen jugando y sonriendo aunque familiares suyos mueren y nosotros no conseguimos ver la buena cara de la vida, creo que.. al apreciar cosas como un solo abrazo, que para nosotros puede durar, días, meses, e incluso años, y que mucho más, NOS DA LA VIDA, llega un momento que quieres mas, y eso te hace echar de menos el abrazo que te dieron hace años, y que no consigues otro. Entonces, quiero decir que... cuando esto se repite día tras día, el echar de menos algo digo, te hace entrar en un estado egoísta en el que la comida y la familia toman un segundo lugar, y que recuerdos como ver lavarse los dientes a la persona que quieres, el pelo despeinado al despertar, el ver a alguien caminar en ropa interior por los pasillos de casa, el andar descalzo con alguien por casa, y comer fresas con chocolate, o que te preparen la comida, inevitablemente pasan a ser prioritarios y nostalgia. Por tanto entramos en un estado como he dicho antes de egoísmo. Los recuerdos hacen ser egoísta. Si no queremos ser egoísta en ese sentido, no debemos vivir.

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  5. No te falta razón, pero ya dije en mi Teoría de la Autocomplacencia que el ser humano es egoísta y egocéntrico por naturaleza. De todas maneras, ya se sabe que en el punto medio está la virtud, es tan sólo controlarse un poco.

    Además, no sé, creo que no se le hace daño a nadie con un abrazo, y por desearlos, no haces daño a quien te los da, así que tampoco mucha razón de egoísmo, más que nada, porque si deseo un abrazo es queriendo la otra persona dármelo.

    Un abrazo y gracias :)

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  6. tu y yo hablaremos cuando regrese de los taiwaneses y Coreanos.

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    1. El concepto "egoísmo":

      Si bien podemos atenernos a su etimología, y a como se ha tratado esta desde sus orígenes, no podemos pormenorizar de forma fidedigna su significado sin contextualizar a éste en relación a una coyuntura cultural(esto es, natural), política, social, económica, pero sobre todo, filosófica semejante a la actual, no podemos emitir ningún tipo de definición del concepto sin atenernos a su tradición significativa, ni a su devenir histórico relativo a la praxis humana de igual manera. Por lo tanto, sin conocimientos etimológicos, ni filológicos, ni históricos, ni tampoco filosóficos suficientes, ni podemos emitir un juicio de valor relativo al concepto egoísmo, ni tan siquiera realizar un ejercicio argumentativo a fortiori que verse sobre su significado. De todas formas, si bien existen distintas perspectivas referidas a la naturaleza humana, aceptando entonces ciertos tintes deterministas subyacentes a éstas, también es necesario, desde mi situación de óptica perspectivista, intentar vislumbrar un halo de escepticismo en relación a dicho determinismo. Y es que, esté el ser humano determinado o no por su naturaleza (El estado natural de guerra en Hobbes, o la voluntad general de todos en Rousseau), quizás deberíamos tener en cuenta en este punto de la reflexión, a la multitud de sujetos y agentes externos que afectan a la propia conducta natural del ser humano, tranformándola y modelándola, siguiendo unos patrones culturales dominantes actuales que se han convertido en una tradición humana consolidada. Tendremos en cuenta entonces, y no sin haber ahondado en aspectos profundos del tema, que el propio sujeto, ya sea determinado o no por su naturaleza, actúa condicionado directamente por patrones naturales, culturales, y que éste, en última instancia, es el que decide a qué cultura adscribirse y por tanto, qué modelo de conducta adoptar. Es por ello que no podemos comparar nunca el comportamiento de un niño con el de un adulto (puesto que el proceso cognitivo adquiere distintos grados de desarrollo en ambos sujetos), ni mucho menos hacerlo si ambos están adscritos a culturas distintas, al menos si las facultades cognitivas de ambos se encuentran en correcto funcionamiento, por lo que tampoco podemos asegurar que el egoísmo sea una actitud natural del ser humano. En todo caso, sería una modalidad de conducta del mismo, causada por una serie de agentes externos a ésta, que a mi entender, es constitutivamente moral. Nunca está de más, puestos a ser perspectivistas, aceptar que el ser humano ni es egoísta por naturaleza, ni es altruísta de igual manera, dado que las comparaciones, como se suele decir, son odiosas, y que tampoco podemos lanzarnos a generalizar sobre la conducta propia del ser humano, porque al fin y al cabo, conocemos tan poco de ésta, que más bien sería prudente abrirse a la aceptación del perspectivismo y e relativismo. Sin embargo, cabría lanzar una pregunta al aire, y esperar que alguien la responda: ¿Cómo es posible que los conceptos de simpatía tan fervientemente predicada por David Hume, la voluntad general sobre la que se asentaba el proyecto político de Rousseau, esa tolerancia como base de la convivencia pacífica en Locke... hayan sido reducidos a cenizas, y ocupen hoy en día, una posición irrelevante en el decadente interés de la sociedad globalizada actual?

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    2. Primeramente, he de decir que esta publicación tiene bastante tiempo, y como podrás comprender he cambiado bastantes veces desde entonces mi forma de pensar, y me temo que continuaré haciéndolo hasta encontrar la que me resulte más convincente. No creo que el ser humano sea ni bueno ni malo por naturaleza, asegurar algo así como lo hicieran Rousseau y Hobbes respectivamente es conocer bastante poco de antropología. Si algo he aprendido a lo largo de estos años es que todo es bastante relativo, y que la palabra «depende» juega un papel crucial para determinar cualquier cosa referida al hombre como especie. No puedo estar más de acuerdo contigo en que los factores externos pueden determinar la personalidad de un hombre, y de igual manera estoy de acuerdo en que somos libres de elegir sobre qué factores van a afectarnos. Aún así, siento recordar que una época de consumismo brutal tendemos demasiado al egoísmo, y aunque no sea algo innato puede llegar a parecerlo. Podría concluir que el problema es el modo de ver la sociedad actual por parte de todos nosotros, que en lugar de ver conciudadanos sólo vemos posibles competidores.

      Muchas gracias por leer.

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